FUTEBOL URUGUAYO:

'' É uma religião nacional. A única que não tem ateu. Somos poucos: 3,5 milhões de uruguayos. É menos gente do que um bairro de São Paulo. É um país minúsculo. Mas todos futebolizados. Temos um dever de gratidão com o futebol. O Uruguay foi colocado no mapa mundial a partir do bicampeonato olímpico de 1924 e 1928, pelo futebol. Ninguém nos conhecia.

O futebol uruguayo é o melhor? Não. No mundo guiado pelas leis do lucro, onde o melhor é quem ganha mais, eu quero ser o pior. Não poderíamos sequer cometer o desagradável pecado da arrogância. Seria ridículo para um país pequeno como o nosso. Não somos importantes, o que é bom. Neste mundo de compra e venda, se você é muito importante vira mercadoria. Está bom assim.

Como explicar Uruguay?.... Somos um pouco inexplicáveis. Aí é que está a graça".

EDUARDO GALEANO - Escritor

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J.A. PIENDIBENE


La decisión de la directiva de Peñarol, de elegir a Nestor Goncalves, Fernando Morena y Antonio Pacheco para que tengan sus monumentos junto al de Pablo Bengoechea, se basó en juntar cuatro generaciones de ídolos en Los Aromos.
 Como todo homenaje amerita nuestro aplauso, pero a la vez que felicitamos al club por esta decisión, también señalamos la omisión que se hace con un futbolista que tal vez haya sido el mejor que tuvo Peñarol en toda su historia: el Maestro Piendibene, el crack eternamente olvidado.
 José Antonio Piendibene nació el 5 de junio de 1890 en Pocitos. En 1908 jugaba en el Intrépido hasta que en abril debutó con la aurinegra, donde permanecería hasta 1928, completando 21 temporadas y erigiéndose como el futbolista con más partidos en la historia del club (506 y 253 goles convertidos). Fue campeón del Uruguayo en 1911, 1918, 1921 y 1928 (también del Uruguayo 1924 en la Federación y el Torneo Consejo Provisorio 1926); de la Copa de Honor Cousenier en 1909, 1911 y 1918 y de la Cup Tie Competition 1916. Fue el máximo goleador clásico de la Era Amateur, con 21 tantos en 62 partidos ante Nacional (ganó 23, empató 11 y perdió 28) y figura 2º en toda la historia, superado solo por Fernando Morena. Fue tal la adhesión a la causa de Piendibene que Peñarol lo nombró socio honorario cuando aún era jugador, en 1924. Así surgió el apodo de “Maestro” Los hermanos Juan y Jorge Brown conformaban una dupla de backs inexpugnable. 

Tenían bien ganada esa fama tras más de una década defendiendo a la selección albiceleste y al invencible Alumni. En los clásicos rioplatenses de inicios del siglo XX eran poco frecuentes las victorias uruguayas. Pero la del 29 de octubre de 1911 sería una tarde de gloria. En un Parque Central Uruguay goleaba 3-0 a Argentina con doblete de Piendibene. Su segundo gol fue una joya: gambeteó a la defensa, a la carrera, mediante amagues precisos y elegantes. Tan majestuosa fue su acción que, tras el festejo, el capitán argentino Jorge Brown se acercó, lo abrazó y le dijo: “Lo felicito. Es usted un verdadero maestro”. Al día siguiente, en un diario argentino titulaba “Nunca mejor puesto ese apodo”. Desde aquella tarde Piendibene dejó de ser “Penita” para convertirse en el “Maestro”. El 26 de abril de 1908 había debutado con la aurinegra. En la Villa Peñarol, las referencias que poseían los hinchas eran escasas: “es un pibe de Pocitos que, según dicen, la rompe”.

Apenas lo vieron jugar lo bautizaron “Penita”, pensando en Juan Pena, tal vez el mejor jugador que habían visto hasta entonces aquellos hinchas del CURCC. Tan grande fue su fama en el Río de la Plata, tan admirado fue su arte en las dos orillas que en 1922 la revista El Gráfico hizo una encuesta entre los hinchas argentinos y lo eligieron como el mejor jugador de esos tiempos. De Pocitos a la Villa Peñarol.

 Un día, en la rueda del café La Paz, el Vasco José María Rodríguez comentó que en el Buenos Aires -un cuadrito de barrio- jugaba un botija que la rompía. Averiguaron dónde vivía: Haedo y Diego Lamas, a la entrada del pueblo de los Pocitos, y allá fueron el Vasco Rodríguez, Francisco Turturiello y otro allegado, de apellido Mateo. Se encontraron con un muchacho de 17 años y le ofrecieron jugar en Peñarol. El pibe declinó cortésmente; les dijo que lo lamentaba mucho, pero ya estaba comprometido con la muchachada del Buenos Aires. Años después confesaría en una entrevista cómo cambió su decisión y la verdadera razón de su primera negativa: era hincha de Nacional. “Pero mi amistad con José María Rodríguez, back de Peñarol, y la decidida intervención de Silva y Antuña me obligaron a ello, y mis simpatías lógicamente cambiaron”. Aquella misma tarde, cuando Piendibene salía rumbo a la cancha de Punta Carretas a jugar con el Buenos Aires, le salieron al encuentro los delegados de Peñarol, Emilio Silva y Antuña, y arrancaron conversando por Gabriel Pereira hacia abajo.

Los argumentos de Silva y Antuña no podían contra la negativa del muchacho. Así, al llegar a la altura de Libertad y mientras cruzaban la plazuela se encontraron con Ángel, el hermano mayor, a quien José tenía un gran cariño y respeto. El delgado le dijo a boca de jarro: “Quiero llevarlo a Peñarol y él se empeña en que tiene que ir a jugar por un cuadrito de barrio…”. Ángel miró a su hermano y, señalando un tranvía de caballos que venía subiendo trabajosamente por Pereira hacia el Centro, le tocó cariñosamente el hombro y le dijo: “Acompañá al señor…”. Tomaron el tranvía hasta la Estación Central. Allí, el sonido de dos pitadas largas y una corta anunció la partida del tren hacia Peñarol y a José Piendibene el inicio de una carrera de veinte años defendiendo a los carboneros. 

El gol “Maradoniano” a Nacional En 1912 Piendibene fue autor de uno de los goles más exuberantes que se vieron en las épocas del fútbol amateur. Lo hizo contra Nacional y jugando de zaguero, estando 9 contra 11. Diego Lucero en Estrellas Deportivas n° 36 de La Mañana y El Diario (24/05/78) lo evocaba así: “Empataban 2 a 2 cuando, diez minutos antes de terminar, el juez expulsó a dos defensas de Peñarol. Se debía jugar un alargue, 9 contra 11. Peñarol reorganizó el equipo bajando a Piendibene a la defensa. Nacional, confiado en su superioridad numérica, se lanzó al ataque, pero en un contragolpe Peñarol logró un penal a su favor y Carlos Scarone convirtió su segundo gol de esa tarde. Nacional se desesperó y volvió al ataque. De pronto, Piendibene, jugando de back, hizo un quite, levantó la cabeza y buscó a quién dársela, pero no encontró a nadie en el ataque. “Fue como un relámpago. No recuerdo cuántos eran, pero eso sí, que crucé toda la cancha…”. Y se vino bandeando gente. Le salió Gorla, después Porte, después Fuggini, después el inglés Crocker, después Castellino, y cuando todos quedaron en el campo tendidos, el Maestro se la pasó por el moño a Demarchi y la de gajos fue a morir a las piolas, quedando señalado uno de los goles más brillantes que se vieran en Montevideo”. Piendibene es Gardel Piendibene fue protagonista de numerosos momentos gloriosos. Pero uno por los que más se le recuerda es el que vivió el 18 de julio de 1926.

El Español de Barcelona estaba de gira por Montevideo. Le había ganado a Nacional 1 a 0 y el imbatible Ricardo Zamora – un arquero ya legendario en ese entonces- era su gran figura. El duelo con Piendibene aumentó la expectativa. En la tribuna del Parque estaba Gardel, uno de los testigos del que sería el gol más memorable de los 253 de “Piendi”. Recibió un pase, tras burlar a los dos centrales,amagó a Zamora hacia la derecha, este se lanzó al ángulo y vio sorprendido como la pelota no se había movido del pie de Piendibene. La impresionante agilidad de Zamora le permitió lanzarse al palo contrario pero ya hacía un segundo que el Maestro había mandado la redonda en dirección al palo contrario, batiendo al genial guardameta que aún así rozó el esférico.

La leyenda cuenta que la gente se lo llevó en andas. Luego, Carlos Gardel lo felicitó en el vestuario del Parque Central. El epílogo En 1928 acabó su vinculación al conjunto aurinegro tras veinte años de magisterio. Su despedida oficial fue el 7 de octubre de 1928 contra Nacional, en el Parque, siendo el jugador de más larga trayectoria en Peñarol (21 años). Falleció el 12 de noviembre de 1969 a los 79 años. Frente al Hipódromo de Maroñas, en las cercanías de la cancha de Danubio, una calle lleva su nombre. Fue el Maestro del fútbol uruguayo. El primer gran crack de la historia.