FUTEBOL URUGUAYO:

'' É uma religião nacional. A única que não tem ateu. Somos poucos: 3,5 milhões de uruguayos. É menos gente do que um bairro de São Paulo. É um país minúsculo. Mas todos futebolizados. Temos um dever de gratidão com o futebol. O Uruguay foi colocado no mapa mundial a partir do bicampeonato olímpico de 1924 e 1928, pelo futebol. Ninguém nos conhecia.

O futebol uruguayo é o melhor? Não. No mundo guiado pelas leis do lucro, onde o melhor é quem ganha mais, eu quero ser o pior. Não poderíamos sequer cometer o desagradável pecado da arrogância. Seria ridículo para um país pequeno como o nosso. Não somos importantes, o que é bom. Neste mundo de compra e venda, se você é muito importante vira mercadoria. Está bom assim.

Como explicar Uruguay?.... Somos um pouco inexplicáveis. Aí é que está a graça".

EDUARDO GALEANO - Escritor

J.L.ANDRADE




José Leandro Andrade, la Maravilla Negra, fue uno de los futbolistas más emblemáticos que dio nuestra tierra. 
Su aparición en la primera de Bella Vista fue tan rápida y sorpresiva como su postrera decadencia. Brilló en los Juegos Olímpicos del 24; además de ser un abanderado del buen juego celeste, fue un galán fuera del verde césped. Las francesas caían rendidas ante sus encantos y hasta bailó un tango con la legendaria bailarina de cabaret Josephine Backer. Músico y carnavalero. En todas las canchas le iba bien. Así fue la Maravilla Negra, el mítico José Leando Andrade.
Elegante para jugar, sus acrobacias hacían delirar a la gente. Aunque jugó en seis equipos, fueron Bella Vista y Nacional quienes disfrutaron de la mejor versión del futbolista nacido en Salto el 22 de noviembre de 1901. De chico sus padres lo enviaron a Montevideo a vivir con una tía. Supusieron que allí la pasaría mejor. Se radicó en el Barrio Palermo, donde se apegó a las lonjas y el tamboril, pasión que le sería eterna.
Para ayudar a su tía y a su estómago, de niño y adolescente tuvo changas vendiendo diarios como lustrando zapatos. Jugó en Misiones pero debutó en la Primera de Bella Vista, el club que lo vio nacer y en el que se ganó un lugar en París 24, la ciudad luz que estaba en su apogeo y en la que Andrade se movió como si fuera el patio de su casa. Con la medalla de oro colgada en el pecho, pasó a Nacional, donde estuvo seis años y se erigió como el “jugador perfecto”.
Esa década del 20 fue, por destrozo, la mejor de su carrera; fue campeón Olímpico dos veces con la selección, se alzó en lo más alto del Uruguayo, fue la figura de dos giras históricas del bolso alrededor del mundo y se coronó como el mejor de América con la celeste en tres oportunidades, siempre con asistencia casi perfecta.
En los JJOO del 28, en el partido semifinal ante Italia, chocó contra un palo y eso fue el principio del fin. Le generó problemas en la vista, que se fueron agravando. Eso no le impidió ser campeón mundial con Uruguay en el 30 ni tener seis buenos años en Peñarol, hacia donde fue tras la coronación en el Centenario. Pero ya no era el mismo. Pasó por el fútbol argentino, regresó para jugar en Wanderers y se retiró en Argentinos Juniors, también del país vecino.
De repente, desapareció del mapa e, injustamente, comenzó a caer en el olvido. La pobreza lo abrazó una vez más y así murió. A sus 56 años. También estaba ciego pero con la dignidad intacta: jamás quiso exigir reconocimiento alguno por lo que había hecho por el fútbol de nuestro país. Tampoco, nadie fue a buscarlo. La Maravilla Negra ya no le servía al sistema y quedó comprobado.
Así fue y así vivió José Leandro Andrade, el jugador perfecto que se fue hace ya 56 años, cuando contaba 55 carnavales: murió solo, desahuciado, pobre y ciego… Igual que como se sentían sus rivales cuando tenían que marcarlo.