FUTEBOL URUGUAYO:

'' É uma religião nacional. A única que não tem ateu. Somos poucos: 3,5 milhões de uruguayos. É menos gente do que um bairro de São Paulo. É um país minúsculo. Mas todos futebolizados. Temos um dever de gratidão com o futebol. O Uruguay foi colocado no mapa mundial a partir do bicampeonato olímpico de 1924 e 1928, pelo futebol. Ninguém nos conhecia.

O futebol uruguayo é o melhor? Não. No mundo guiado pelas leis do lucro, onde o melhor é quem ganha mais, eu quero ser o pior. Não poderíamos sequer cometer o desagradável pecado da arrogância. Seria ridículo para um país pequeno como o nosso. Não somos importantes, o que é bom. Neste mundo de compra e venda, se você é muito importante vira mercadoria. Está bom assim.

Como explicar Uruguay?.... Somos um pouco inexplicáveis. Aí é que está a graça".

EDUARDO GALEANO - Escritor

quarta-feira

LA FINAL DE 1950 SE JUGÓ DE NUEVO



Se ha dicho mil veces, y con razón, que el triunfo uruguayo de Maracaná en 1950 fue una hazaña única e irrepetible. Sin embargo, se ha comentado poco uno de los elementos de la singularidad de ese partido tantas veces relatado: la camaradería posterior entre los futbolistas uruguayos y brasileños, o sea entre ganadores y derrotados, que no se vio afectada por las vastas repercusiones del resultado. Ni por la gloria de unos ni la feroz crítica recibida por los otros.

En buena medida, esa fraternidad se terminó de forjar 13 años después del Mundial de 1950, con la llamada “Revancha de Maracaná”, que en realidad fue un partido a beneficio de la Cruzada del Dr. Caritat, una obra de hondo contenido social de aquellos años que ha llegado hasta el presente.

El 19 de diciembre de 1963, la mayoría de los protagonistas del ‘50 volvieron a vestirse de jugadores para salir a la cancha del Estadio Centenario. Fue una idea alentada desde las páginas de El País por el periodista Dionisio Alejandro Vera Yparaguirre, que firmaba Davy. Se recuerda sobre todo su columna “Lo que no dice la crónica”, que aportaba una mirada diferente y festiva sobre los hechos deportivos del fin de semana. Además, Davy había iniciado una campaña de apoyo a la obra del Dr. Ricardo Caritat, especialista en ortopedia infantil, que atendía a niños minusválidos (entonces denominados “lisiados”).

Los campeones uruguayos del ‘50 colaboraron presentándose a jugar en algunas ciudades del interior. De allí a la idea de volver a enfrentarlos con sus rivales de Maracaná hubo un paso. Se hicieron las gestiones, se recibió un “sí” desde Brasil y se acordó jugar cerca de fin de año del ‘63. El País realizó amplia difusión del partido e incluso en sus oficinas se vendieron las entradas. El resto de la prensa apoyó la iniciativa con generosidad y replicó la publicidad. 

El fin de semana anterior, los jugadores brasileños fueron al Estadio para saludar al público antes de los partidos por la última fecha del Campeonato Uruguayo, que se definió justamente el domingo con el título de Nacional. 

Al final, más de 50.000 personas asistieron la noche del 19 de diciembre, dejando una recaudación de 383.578 pesos. Pagaron su entrada hasta dirigentes y periodistas.

Uruguay formó con Aníbal Paz, William Martínez, Eusebio Tejera, Schubert Gambetta, Obdulio Varela, Víctor Rodríguez Andrade, Alcides Ghiggia, Carlos Romero, Oscar Míguez, Juan Burgueño y Rubén Morán. Luego ingresaron Roque Máspoli, Juan Carlos González, Julio Pérez y Rodolfo Pini. Casi todos ya se habían retirado del fútbol, pero Ghiggia lo tomó como un estímulo para no dejar las canchas a su regreso de Italia, por lo cual siguió durante algunos años en Danubio y Sud América.

Por Brasil jugaron Barbosa, Alfredo, Mena, Bibe, Ely, Fiume, Friaça, Zizinho, Ademir, Octavio y Chico (los que jugaron el partido decisivo del ‘50 fueron Barbosa, Friaça, Zizinho, Ademir y Chico). Después entraron Leopoldo, Osvaldo, Yanson, Indio, Rubinho, Esquerdinha y Moronha. El árbitro fue Esteban Marino, el número uno de aquellos tiempos. 

Un detalle: como preliminar se enfrentaron la selección juvenil uruguaya contra Santa Lucía de Canelones. Entre los juveniles estuvo Ladislao Mazurkiewicz, por entonces una promesa en Racing.

Los equipos ingresaron a la cancha con sus uniformes habituales, cada uno llevando el pabellón nacional del otro. Luego, las banderas fueron izadas en tono solemne, con el estadio a oscuras y un reflector enfocándolas, mientras sonaban un clarín.

Ganó Uruguay 4 a 1, pero el resultado fue una anécdota.

“Quiero expresar mi agradecimiento a los jugadores brasileños, que se prestaron en forma tan generosa para una obra de tan especial significado humano. Es notorio que la emoción vivida no pudo hacer disimular nuestras lágrimas”, dijo Obdulio después del partido. “Esa circunstancia nos ha dado la posibilidad de volver a pisar la gramilla del Estadio tras largos años de ausencia y para nosotros tuvo una razón especial, poder vestir de nuevo la gloriosa celeste”, añadió.

Para el público uruguayo, además, fue la única oportunidad de ver a los campeones del mundo vistiendo la celeste en Montevideo. Aunque hoy parezca increíble, al regreso de Brasil, el seleccionado se disolvió y cada futbolista volvió a su club para los desafíos de los torneos domésticos. 

No hubo más partidos internacionales hasta marzo de 1952, cuando Uruguay disputó el Campeonato Panamericano en Santiago de Chile. A comienzos de 1953 se jugó la Copa América en Lima, pero se concurrió sin jugadores de Peñarol y con pocos de Nacional. Recién el 31 de mayo de 1953, una selección con seis futbolistas de Maracaná se presentó en el Estadio Centenario para vencer a Inglaterra 2 a 1. El 10 de abril de 1954, el equipo que se preparaba para el Mundial de Suiza jugó (y perdió feo: 4-1) ante Paraguay en el Centenario, con cinco campeones mundiales. Y así, casi sin darse cuenta, el público uruguayo se despidió de aquellos héroes celestes.